La Esquina

Cuento

Ignacio Díaz Neila
26/02/23

Ya ha pasado un buen tiempo de nuestro largo viaje. Aún no entiendo cómo se aprende a sobrellevar un desamor. Recorro mis manos, los libros, quizás también el mundo en aras de olvidarte; pero solo encuentro aquí los rescoldos de una pasión inconclusa, una pasión que me enseñó la primavera y que hoy duele como si no la hubiese conocido nunca.

Hace unos días, logré salir a caminar. El mundo se reducía demasiado y era menester tomar un poco de aire. Recuerdo que abrí la puerta de mi casa y al instante sentí que toda esa intención ya era un desperdicio, un absurdo embuste para distraerme de mi soledad. Estuve a punto de rendirme, de desecharlo todo, pues nada me seducía tanto como el arrepentimiento, y más en esos días, pero afortunadamente, poco antes de regresar al suplicio, mis piernas se adelantaron y conservaron lo que me restaba de dignidad; confirmándome, como tantas otras veces, que hasta en los peores escenarios el cuerpo está primero.

Reconozco que los primeros metros del recorrido fueron más bien insignificantes. Observé algunas tiendas y almacenes del barrio con indiferencia y aunque intenté caminar con disimulo para que nadie me reconociera, tuve que saludar a algunos vecinos que me vieron al pasar. Luego, llegué a una esquina que no recordaba haber frecuentado en todos estos años. Me esforcé mucho en asegurarme si efectivamente había transitado por allí alguna vez, en saber por lo menos si esa esquina era dueña de algún momento efímero de mi vida. Busqué en cada recoveco de mi mente, me exigí fechas, imágenes y épocas pero nada de eso apareció. La falta de respuesta fue abrumadora: ¿En qué momento se había vuelto tan falible mi memoria? 

Seguí caminando con la intención de responderme pero no encontraba absolutamente nada. De pronto (quizás esto sea lo más interesante) interrumpió mi paso un particular ligustro lleno de puntiagudas flores blancas ¡Era tan parecido a los de aquellos años! En ese preciso instante, sentí que todo su perfume entraba en mi nariz y comenzaba a deslizarse por mi cuerpo, y cómo a medida que avanzaba, cada resabio de mi congoja se desvestía. Fue como estar de nuevo en mi infancia y volver a caminar de la mano junto a mi madre, en esas tardes de verano en las que teníamos todo el tiempo del mundo para nosotros, para recorrer las calles y sobretodo para que ella olvidara su inquebrantable fragilidad y fuera feliz enseñándome los aromas de las flores del barrio.

Unos minutos después, no sé si habrá sido la fuerza de aquel recuerdo o una virtud de las tantas que esconde la naturaleza, pero al levantar la vista, noté que sobrevolaban por encima del árbol unas hermosas golondrinas que jamás había visto. Y vos sabrás mejor que nadie, que nunca sentí ningún tipo de predilección por las aves, por eso cuando digo hermosas, lo digo con absoluto convencimiento. Ya sus colores, su vuelo, su aleteo incesante que iba de acá para allá sin otro rumbo más que sumirse en la alegría, eran un gran motivo para sorprenderse. Y pasaban los minutos, los segundos, la vida y su destino no cambiaba: querían buscarse entre sí. 

De pronto, comenzaron a descender su marcha hasta que frenaron todas juntas en un balconcito a reposar. Allí permanecieron un buen rato, una al lado de la otra en total armonía, bien próximas como si fueran todas la misma ave. Las miré y ellas también me miraron pero de una manera tan dulce que sinceramente no tuve más remedio que detenerme y sentarme en el cordón de la vereda a acompañarlas. A veces, en instancias de agonía y dolor, un simple rasgo de belleza alcanza para repatriar lo mejor de uno mismo.

En fin, los días pasaron y quizás seguirán pasando sin la presencia de sucesos trascendentes. Ni siquiera lo suficientemente atípicos y diferentes como para llegar a olvidarte por un rato. Para no perder la costumbre, intento seguir caminando por el barrio, todos los días un poco. De hecho, hay tardes que camino por aquella esquina y las encuentro a ellas, las golondrinas, totalmente incólumes ante los estropicios mundanos. Evidentemente, han encontrado su hogar y queda ni más ni menos que en frente del ligustro.

A lo mejor, cuando termine mi tormenta, ellas permanezcan sobre su balcón, dispuestas al azar o tan sólo descansando. Pero fundamentalmente, anhelo y desde lo más hondo de mi ser, no haberme perdido nunca, no haberme escapado ni un segundo de esta vida, sí es que alguna vez fueron ellas las que me han estado buscando.

DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO

«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino, es la condición del movimiento de deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»