
Conversaciones
por Franco Laborde
09/03/23
—Al acomodar tus libros en la mesa, volaron las notas autoadhesivas de color amarillo que me hacen las veces de cuaderno. En uno de esos papeles escribí una cita de Damián Tabarovsky; refiriéndose al género narrativo, afirma: La teoría, cuando aparece, siempre es demasiado, siempre es un exceso.
En El bosque infinitesimal, tu última novela, podemos encontrar la reescritura de una cita de Lacan, la mención a un libro de Douffermantelle, la exposición del sueño positivista. Aun así, tengo la sensación de que el narrador juega a justa distancia con la posible mención de ese tipo de saberes. ¿Cómo pensás la relación entre eso que llaman teoría y el género narrativo?
Julián López– No leí eso de Tabarovsky. Me parece que la ficción narrativa es una plataforma extraordinaria para traficar un montón de cosas. Más allá de una idea de alegoría, toda escritura es una situación de trance, y si querés todo trance es del orden de la tentativa, del ensayo. Cuando escribo echo mano de todas las cosas que me constituyen, o que están constituyendo esa escritura. No es difícil que yo mismo pueda ver una genealogía de esa escritura, de qué conformó eso que estoy escribiendo, que siempre es propio y absolutamente impropio, ya que está constituido de todo lo que te enterás tanto como de lo que no. Entonces, no sé si diría teoría, ya que es algo que no manejo, o que manejo rudimentariamente, además de que no me interesa en lo absoluto para la escritura. Últimamente, en las redes, he visto cómo entre los escritores hay una propensión a definir qué es escribir, qué es ser un escritor, es decir, a evocar una máscara ensayística de lo que para mí es algo brutal, silvestre y salvaje: la escritura.
—Recuerdo una entrevista a Gabriela (Cabezón Cámara) en donde dice, refiriéndose a la escritura de María Moreno, que le gusta su habilidad de bajar línea sin que el lector se dé cuenta.
Julián López– Sí, por eso es tan atractiva la ficción porque te exilia de cualquier idea de pedagogía y te permite ensayar bárbaramente.
—Hacia el final de Una muchacha muy bella, el narrador podría haber ido en rescate de la tradición y de su identificación con ella, encontrar y poner en juego un saber que sirva de explicación para el problema de la identidad. Por alguna razón, el narrador no hace nada de esto. Él dice: No me interesa vivir para contarlo. ¿Está aquí el género novela echando luz sobre el problema de una manera que la teoría, o el género de la no ficción, no podría hacerlo?
Julián López-Yo creo que sí. No me acordaba de eso sobre Una muchacha… y me gusta recordarlo a partir de tu lectura. En Una muchacha… se da la tensión entre la idea del testimonio y la ficción, todo el tiempo estoy jugando con esa idea: por un lado, meto la idea que es una primera persona verídica, un testimonio, y por el otro, estoy diciendo esto es una novela, y es muy impactante lo que me pasó después de la publicación: mucha gente reponía de que era mi historia. Recuerdo escenas de desencanto cuando yo explicaba que no era mi historia. Mucho desencanto. La exigencia de la verdad, ¿no?, es curioso. Creo que es algo que hoy está muy infundido en la escritura, se demanda verdad, como si eso fuera algo posible, como si la narrativa no fuera esa arena de tráfico de lo que no solo no es verdad, sino tampoco mentira. Me asusta cuando se le demanda verdad a la escritura porque todo queda encapsulado en la idea del testimonio, mucho de lo que circula es testimonio y en todos los soportes, ficción, no ficción, periodismo, libro, nota, artículo, posteo, tuit. Escritura hay poca… está mal lo que estoy diciendo, pero no me refiero a una cuestión de calidad, no me refiero a eso.
–¿Podemos volver sobre eso último?
Julián López -Me parece que las ideas que circulan sobre la literatura y la escritura -en las redes, en el periodismo, entre les mismes escritores- es cada vez más verdad, por tanto, cada vez menos imaginación, menos escritura.
—Entiendo que después de la publicación de La Ilusión de los mamíferos, no fue raro que te preguntaran si el protagonista estaba basado en vos mismo o en tu biografía. Una vez te referiste a esto en una entrevista: planteaste la necesidad de recuperar la mediación de la figura del narrador, y así escapar del absurdo binomio entre realidad y ficción. ¿Qué pensás de esa máxima -o condena- que dicta que los escritores, por más de que lo intenten, sólo pueden escribir sobre aquello que han vivido, digamos, entender la escritura como reescritura de la experiencia?
Julián López -Es una locura, se les demanda a los escritores que no escriban. Justamente, la escritura ofrece esa posibilidad extraordinaria de lo falso, la mentira como articulación para algo que excede esas categorías, algo que suspende las categorías ordinarias y esa es una posibilidad extraordinaria de la escritura. Por eso hoy circula tanto la idea de la facilidad: es solo contar lo que vivís. Bueno, me parece una tragedia en términos de nuestras posibilidades. No es suficiente: “a mí me pasó esto”, y es complejo lo que estoy diciendo porque lo testimonial por supuesto que también es literatura.
Me acuerdo del libro amado de Mariana Eva Pérez, Diario de una princesa montonera, 110 % verdad, jaja, ahí está todo. A mí me interesan las apuestas que, en todo caso, no te ofrecen ninguna certeza, no te permiten ubicar lo que leés en el terreno de la verdad o de la mentira, ese binomio del que hablabas.
—En esa misma entrevista, refiriéndote a los hechos que suceden en La ilusión de los mamíferos, decís algo muy interesante: Eso no me pasó, pero también me pasó… Es mi forma de entender el amor, la amistad, la Buenos Aires.
Julián López-Exactamente. Pedirles a los escritores (o a cualquiera que se asome a la posibilidad de escritura) que les haya pasado eso que están contando en un escrito es una barrabasada. Supone que sólo pueden escribir quienes estuvieron en el campo del suceso. No es verdad. Vos podés escribir ahora las crónicas de Álvar Núñez Cabeza de Vaca, sin haber estado en el barco. Eso es escribir. Dotar a la escritura solamente de la posibilidad de transmitir una verdad es mentir.
—Me hace pensar en esa figura del escritor como una persona redundante, como aquél que primero vive y después escribe, aunque nunca se lo ve escribir. Una especie de Hemingway que sale de caza, toma ginebra en el bar, pelea con los osos o en la guerra, pero que nunca tiene en el cuerpo la incomodidad de estar encorvado escribiendo, viéndoselas con los tropos de la lengua, sin saber cómo resolver ciertas situaciones…
Julián López -Sí, chocándose contra la imposibilidad del lenguaje. Escribir es recontra difícil, no es verdad que simplemente vas a contar lo que te pasó y listo. La idea de la consigna también me parece problemática, en cualquier caso me parece que hay que procurar un grado de incomodidad con esa parafernalia que te organiza todo, los mundiales, los clubes de lectura, la idea misma de los talleres, todas lo que hace aparecer la escritura como posible. La escritura es más bien la imposibilidad, la distancia insoportable de eso que percibís con la forma. Tomo del psicoanálisis la idea de que todo el tiempo se trata de darle vueltas a eso, eso que nunca es verdad y nunca es mentira. La lectura y la escritura (debería decir la escucha) te acercan a una idea de posibilidad, pero es siempre tentativa e incierta.
—Este comentario al psicoanálisis me hace volver sobre la mención en tu novela a la Potencia de la dulzura de Anne Douffermantelle…
Julián López-Adoro a Douffermantelle, lo primero que leí de ella es Elogio del riesgo que tengo muchas ganas de releerlo ahora, de volver a meterme ahí. Me parece que Douffermantelle plantea la posibilidad de estar en el mundo como un estar ético, me interesa acercarme a esa idea lo más que pueda, o al menos lo máximo que me permitan mis capacidades.
En caso de amor es el libro de ella que más me conmovió, te diría que es material muy consciente con la tarea que yo pretendo hacer, al punto de que está ofreciendo el panorama de una complejidad de lectura de la escena que es alucinante. En este libro de clínica demuestra una capacidad de lectura ética y amorosa que te devuelve la complejidad de leer, te saca todo el tiempo de la idea del testimonio, qué es propio, qué es ajeno. No importa el suceso, lo que importa es la argamasa mítica de lo humano y lo inhumano, y la posibilidad de una dimensión de perspectiva propia y para los demás de eso; de pararse ante eso con una mirada amorosa y preocupada.
—Pienso en el primer ensayo de Elogio del riesgo. Douffermantelle abre el libro con la tesis de que el riesgo es el acto que evita la repetición ya que este abre un tiempo otro. Entonces, en relación con la escritura, podemos nombrar lo difícil que es, lo incómodo que es, pero también lo riesgoso de tomar la palabra.
Julián López-Sí, no es que lo elegís, la escritura te toma por asalto. También, la ilusión de la no repetición, uno no repite alguna vez en su vida, uno muestra la misma escena con ese detalle distinto, una vez. Uno todo el tiempo está persiguiendo eso: dejar de ser Sísifo, dejar de ser Tántalo, y generar una escena propia.
No sé si eso es posible, ojalá que sí, ojalá se pueda crear esa escena propia que anhelo desde que tengo memoria. En este sentido, creo que la escritura sí te puede ofrecer una dimensión del riesgo, también te puede ofrecer todo lo contrario. Es medio misterioso qué elige uno… yo, no sé, no tengo demasiadas esperanzas en ese sentido, pero sí tengo mucha ilusión, siempre, de que sea posible no repetir, no escribir el mismo libro. La posibilidad de desencantar, ¿no? O de reencantar.
—En el final de tus tres novelas -incluso en el último poema de Meteoro– hay una especial atención al fenómeno de la luz o el sonido: un atardecer, un sonido cóncavo, las risas al pasar de unas adolescentes, la luz de Riefenstahl. ¿Es este detalle una vuelta por parte del narrador a lo que no necesita más que su potencia para ser la expresión total, potencia que también se encuentra -como alguna vez has dicho- en las disciplinas del canto o del baile?
Julián López -Me gusta eso que decís, me gusta mucho. Yo veo que mis novelas y mis poemas están atravesados siempre por la luz. Se ve que me importa porque lo que define la vida del protagonista en Una muchacha muy bella es una escena quemada por la luz, en La Ilusión… es un tránsito por los diferentes momentos del día -sobre todo el atardecer-, en Meteoro lo mismo y El bosque… empieza con la idea de la luz y cierra con la idea de la luz y el color.
Al sonido lo pienso, a partir de lo que me decís, de la misma manera. Me gusta esto que traés de la potencia, a la potencia en este sentido la pienso como el momento en el que no leés, en el que solamente actuás el fenómeno, y la lectura es el residuo de ese impacto sensorial que es estar en el planeta. Sí, me gusta esto que decís…
—Cuando te referís al canto y al baile, lo que entendí que te interesa es cómo esos cuerpos no necesitan de ninguna ortopedia, sino que se valen de su propia potencia. Incluso cuando alguien canta mal, el narrador de La ilusión de los mamíferos llama la atención sobre la gracia de aquel que no sabe cantar.
Julián López -Eso supongo que es de mi vida, es testimonio: canto pésimo.
—Pero hacés teatro. ¿El teatro está a mitad de camino entre la potencia de disciplinas como el canto o la danza y la escritura?
Julián López -Es rarísimo el teatro. Me encanta actuar, me parece que es un ejercicio de hiperpresencia, es la idea de una captura imposible, la captura de un presente que se abre como un fractal y cuente todo de ese momento. Solamente la idea de esa captura, de esa intención de conquista, es lo que hace tan vertiginoso y alucinante al teatro. Cantar y bailar me parecen acciones más inocentes, y en ese sentido más buenas. En el teatro ya hay una intención de persona más extraña.
–En términos de brevedad o espectáculo -en comparación a la música, el cine o el teatro- la literatura puede parecer vetusta. Últimamente ha encontrado la forma de adaptarse al mercado de la cultura, a la vez que a las demandas del consumidor cultural -que se diferenciaría de manera fundamental del lector, el cinéfilo, etcétera-, a través de la realización de slam o lecturas. De esta manera, la literatura puede participar de los festivales de arte, lugares en los que conviven varias disciplinas y en donde el consumidor cultural puede pasar de una a otra sin problemas y con tolerancia al estrés. ¿Qué pensás de esta forma de adaptación de la literatura a través de la recitación?
Julián López -Es complejo lo que me pasa con eso. Dirijo un ciclo de lectura hace 17 años junto a dos escritoras, Alejandra Zina y Selva Almada. Creo que logramos algo de la intimidad y la posibilidad de relación, un tono, algo que nos costó encontrar y a lo que le dimos muchas vueltas. Además, adoro leer en público y adoro que me lean, es una experiencia de enorme sensualidad. Pero eso mismo es problemático, la escritura y la performance suelen ser de naturalezas extrañas. Uno tiene la ilusión de conseguir eso que era la lectura en los albores: un ritual compartido por que los libros eran de los pocos que tenían acceso a ese poder, se juntaba la gente a leer -la gente no, los dueños- y era un ritual comunitario, una comunidad de dueños si querés. O por lo menos conseguir que no se romantice la misma idea de la lectura.
Hay algo en la idea de festival en el que suele repetirse el puro expresionismo. La lectura propia es muy difícil, tiene requerimientos complejos, hay que estar en silencio con uno mismo, justo eso que el mundo te está diciendo en todo momento que es imposible. Escribir es muy difícil porque esa tarea te conmina a estar en relación con vos mismo, con lo que vos ni siquiera sospechás que creés de vos mismo. La idea de que el rito viene a decir que está circulando la poesía entre nosotros me parece extraña, en todo caso se comparten modos de circulación, modos de grey y de pertenencia. Eso no está mal, por supuesto, pero es otra cosa y siempre se recorta entre propios y ajenos.
DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO
«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino es la condición de movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»
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