
Badlands – Terrence Malick (1973)
Ensayo
Franco Laborde
26/02/23
«A la pregunta de ¿qué es el ahora? contestaremos, pues, por ejemplo: el ahora es la noche.»
G. W. F. Hegel
«Entonces me transformé. Me transformé en el espejo de su deseo.»
McKenzie Wark
—Deberías mencionarlo: quién escribe, quién firma.
Quién es ese ser arrojado, aquél que pasea, como te gusta decir, en un espacio diáfano.
—Mi firma es ilegible. No podría, con mi nombre, indicar lugar alguno.
Siento cansancio, además, no me dejarás mentir, y perdón por el estruendo, pero la madrugada nos ha quitado la posibilidad de tener un encuentro a mitad de camino.
—No podemos mirarnos a los ojos.
Aún así, puedo suspirar y saludarte, ofreciéndote esta ayuda: alguien escribe, sí, y lo hace a pesar del cansancio.
Qué decían sobre el sueño entre los tuyos.
─El relato generacional demuestra que, entre los míos, nadie ha sido ni será ajeno a los problemas para dormir. Es este el núcleo de todas nuestras dolencias, la mala suerte compartida e inevitable. Una sentencia que nos habla, es aquello que llaman historia familiar; sin hacer diferencia, se dirige tanto a los alelados de sueño como a quienes todavía no despiertan.
—Por esto, sin más, permitime hacer el caso de un estudiante universitario, algo así como un presumible estudiante universitario insomne, clase media palabra, que escribe sobre las noches blancas de San Petersburgo.
—(¿Has sentido la urgencia, tal como yo, de volverte un extranjero para, de una vez por todas, reventar tu extranjería?
¿Has recorrido la distancia insondable que nos separa ahora y, por qué no, siempre, de la estepa rusa y de su frío y de la grafía extraña de sus periódicos, es decir, te has visto en la necesidad de una torpe despedida, en buen ejercicio de tus derechos, por imaginarte allí, a luces vista, como un ciudadano entre otros?)
El día en San Petersburgo puede durar toda la noche por la presencia de un continuo crepúsculo. Los atardeceres se prolongan hasta la mañana siguiente.
Si yo mismo, mientras escribo esta palabra, inventara el instante en el que decido hacer un gesto a tu dirección, de estar en el solsticio ruso, no haría falta el uso de tu videncia para que lo veas claro y con intención. Lo verías incluso antes del instante. No habría forma de esconder mi deseo de dirigirme a vos.
Las noches blancas de San Petersburgo son un fenómeno que tiene poco de natural.
—Entonces, insinuaría la idea de anticiparme. El anticipo sería mi mejor movimiento en la transparencia diáfana de una noche blanca. Al contrario de la vulgaridad de nuestra noche, en la que nos ofrecemos al tanteo, y en donde cualquier signo que por gracia y suerte venga del otro se confunde con la maladanza y los murmullos.
—No quise decir que la noche rusa exprese nitidez alguna. No podría llamarla diáfana por el siguiente parecer: si bien el día conserva su luz más allá de la frontera natural, lo hace con la intensidad vaga del crepúsculo. Es paradójico que este, que debería tener la duración de una obertura, se sostenga en un vibrato que termina por ser la marca de la situación de excepción.
Crepúsculo como terminación del día y el final de todas las cosas: el ocaso, la caída, el comienzo de la desolación. También crepúsculo como la suspensión y el inicio interminable.
Alguien, por ejemplo, vos, en la situación fría y estival de una noche blanca, no podría utilizar estas acepciones sin sospechar de alguna disonancia. El sentido de la palabra, como podrás ver, se desliza.
—Pero una diferencia debe haber, vos mismo lo dijiste, y yo estuve de acuerdo: tu gesto dirigido a mí podría ser advertido con la suficiente anticipación.
Una vez que mi amigo cae en llanto por no poder hablar, con la luz y la premura suficiente, cualquiera de los suyos podría dar cuenta de que la angustia no lo dejará hasta el momento de la conversación. En una noche cerrada como esta no podría anticiparme a un desenlace así, más que escucharlo llorar con la impotencia de no suponer ningún motivo para él.
La claridad no deja lugar a la indeterminación.
Entonces, ¿qué tiene el crepúsculo, si es que una palabra rota aún puede escribirse, que nos da la posibilidad de la certeza y la mirada?
—Tendrá que ver con esa manera tan particular que utilizan algunos psiquiatras, psicoanalistas, descifradores e interesados en el sueño en general para referirse a las noches de insomnio: las llaman, esto no traerá ninguna sorpresa, noches blancas. Mantenerse despierto, según esta manera de describirlo, sería lo mismo que estar frente a la luz sucia del crepúsculo.
Aquél que permanece despierto por elección o, como es mi caso, por una deuda o sentencia familiar, siente que está en un tiempo otro, cuerpo a cuerpo con la real de la noche. Así se inventa una forma de errar en el mundo: un amigo, para seguir con tu escena, a quien la falta de sueño también lo angustia, ahora con el horizonte desierto, distingue diferencias entre las figuras y los contornos.
Esas figuras y contornos han tenido muchos nombres en la historia del pensamiento: imaginación, fantasma, literatura, significado, realidad; y otras veces, aunque de manera diferente e inspirada: concepto, teoría, sistema.
La sensación de tener la mirada posada en una silueta vacilante llevó a un nombre propio, Roland Barthes, al esfuerzo por establecer un glosario de referencias estables. Al contrario de lo que se cree, las entradas del libro que Barthes dedica al sujeto enamorado no son definiciones depuradas del amor, sino instantáneas que paralizan los movimientos torpes, heroicos o sacrificiales que son la estela que persigue al amante. Pero estas figuras que él decide congelar, al punto de congelar a los suyos, en la acumulación de relatos y charlas de café, no generan un saber del tema, más bien una colección de estatuas que, contempladas con la voluntad, facilitan que el sujeto pueda imaginar una anticipación.
Barthes describe las figuras del amante y el amado sorprendidas en plena acción: la contorsión del cuerpo, la musicalidad del orador. Estaremos de acuerdo en decir que se creerá ver al deseo antes del instante. (Y no hay que menospreciar esto último, de verdad estará allí adelante, vehiculizado y con clara intención).
¿Qué es la elección entre arder o durar para el devenir del amor si no un falso dilema, dos figuras que son colmadas de sentido hasta lograr el empantanamiento del enamorado, el borramiento de cualquier formulación compuesta tal como durar ardiendo, o aún aquello que surge de una silueta opaca, para en un juego de desvelos, irradiar su propia luz?
—Puede que eso hayan encontrado en tu relato familiar, antes de su narración, o a partir de ella: un fósil en la noche que permitió echar luz sobre el problema del insomnio: «no poder caer en el sueño es algo que me visita desde afuera, no desde mí, sino a través de ellos que son parte del sentido que conozco, como un destino o una historia que no deja de contarse (una enfermedad hereditaria)».
Pero, si me permitís ofrecerte nuevamente mi saludo y mi ayuda, diría que ha ocurrido otro deslizamiento, a la manera del primero. El relato familiar era aquello que te arrojaba a vos, y por lo tanto a mí que soy quien te acompaña, hacia a la noche cerrada. Pero ahora, en esta tu escritura, el sentido de ese relato ha cambiado: el insomnio también puede ser el de una noche blanca, la noche blanca también irradia luz en su propio desvelo.
Me recuerda a algo que se inscribe en mi imaginación feliz, la escena de relectura de un diario personal, lo que diría la persona que vuelve a leer las páginas escritas durante la juventud.
—¿Qué diría esa persona que vuelve a leer sus diarios?
—No sé las palabras exactas, pero las diría con la convicción de que escribir es el alivio, la manera de hacerle frente al dolor que provoca la lengua.
—Releer e interpretarse en la diferencia, o pasar página por el momento en donde iniciaban las tendencias. Quisiera mostrarte, en este caso, una inquietud feliz, algo que se halla más cercano a la teoría que a los relatos; una palabra de la necesidad, que habla y se repite más allá de cualquier herencia. Al esfuerzo por elevar los contornos y figuras a construcciones sofisticadas y estables lo llamo devanear, en relación íntima con su significado más corriente: perder el tiempo, seguir las señales caprichosas del deseo.
Tal vez la persona que vuelve a leer su diario personal podría exclamar algo cercano al afecto de ese conato.
—Esos amigos que mencionamos, que bien nos sirvieron, qué habrá sido de ellos.
Pienso en la soledad de Kant, en los puentes de Königsberg, en su gusto por la compañía de los jóvenes.
Los amigos del filósofo enfrentados a él.
El devanear de un Kant joven e ilustrado, inquieto en la oscuridad. Esto tampoco nos sorprenderá: la noche, para él, despertaba en aquellos que poseían el sentimiento de lo sublime, altos sentimientos de amistad y un desprecio por el mundo.
Las caminatas nocturnas sobre los puentes.
Décadas más tarde, sus preocupaciones fueron otras. Encontró en su sistema una deducción que lo tranquilizó: la lealtad en las relaciones de amistad no podría dejar de ser exigible, por más de que no hubiera existido un amigo leal en el mundo.
DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO
«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino es la condición de movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»
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