
Ensayo
Juan Pistone
26/02/23
«Cuando escribo tengo siempre la impresión de estar contando su historia, como si todos los relatos fueran versiones de ese relato interminable […] No importa quién habla. Soy el que puede decir lo que él dijo. […] No he querido narrar otra cosa que la experiencia única de sentirlo narrar. Porque él fue para mí la pasión pura del relato. »
Ricardo Piglia – Prisión perpetua
¿Cómo considerar la narración, el acto de contar una historia, de revivir un recuerdo, de llevar a cabo la performance por la cual el que escucha es interpelado? ¿Quién habla cuando narro? ¿Cómo actúa la narración? ¿Por quién es pasible de ser desplegada?
Sabido es, en la vida cotidiana, que cada grupo, círculo – como fuere–, hay un individuo que es reconocido por todos como el más hábil y versátil para poder abrir las puertas a una historia. Este personaje, de todas formas, se configura, por decirlo así, al mismo tiempo que hace lugar a su espacio. Pero primero, se configura, ya que, sin grupo no hay lugar a ninguna voz y, en segundo lugar, cada círculo cerrado cuenta con sus modismos, sus puntos de encuentro y de cruce, a la par de considerar que suelen estar sujetos a modificaciones, pero en una dinámica similar o, de otra forma, cierta inamovilidad de los sujetos que la componen. A pesar de las aperturas, los grupos no son lábiles para moldearse constantemente entre ellos, o con el resto de ellos. Ese grupo, entonces, varía en sus modos, en sus modulaciones, en las palabras o frases que se utilizan; se atiende así a otras reglas, si no se construyen en el momento, rozando la contingencia.
Ahora bien, si se ubica el análisis de quien toma la palabra desde la perspectiva “social”, nuestra lengua no es de ningún modo nuestra per se, sino que se adquiere a partir de otros que han actuado sobre nosotros de antemano, incluso previo a nuestra aparición, y que además nos han enseñado a utilizarla, junto al desarrollo posterior que, si tenemos suerte, nos permite una educación basada en una institución para mejorar el empleo que le damos, internalizando los sentidos, la interpretación y la puesta en juego de ese lenguaje en determinados contextos. Así, por ejemplo, la palabra “resistencia” no tiene el mismo significado y la misma relación semántica con otras palabras en psicología que en el caso de la política.
Además, es necesario presentar que así como cada palabra adquiere sentidos disímiles en determinados ámbitos, éstos, previo a la creación de un lenguaje, debe, como repasamos con los grupos, encontrar o elaborar un espacio bajo el cual obrar, con cualidades y modalidades específicas –aunque maleables–.
Acercándonos a la posibilidad de adquirir una propia voz, en el sentido que vamos conformando, pareciese que nos referimos primero a determinada epistemología o conjunto de normas, que, así como trabaja Judith Butler, retomando a Foucault, permite el surgimiento de determinado tipo de sujetos, dejando, claro está, a la expresión que corre cuenta “propia” por fuera de lo normativo. De este modo, nos acercamos a la posibilidad de reconocimiento de ese otro que, en este caso, toma la palabra, cuenta la historia y nos introduce en su escenografía.
«En la visión foucaultiana de la autoconstitución, un régimen de verdad propone los términos que hacen posible el autorreconocimiento (…) de manera que, lo que puedo “ser”, de modo muy literal, está restringido de antemano por un régimen de verdad que decide cuáles serán las formas de ser reconocibles y no reconocibles. […] cualquier relación con el régimen de verdad será a la vez una relación conmigo misma. Sin esa dimensión reflexiva no hay crítica posible» – Dar cuenta de sí mismo.
Es así como cualquier relación comunicativa conlleva para su realización la ubicación sobre un espacio normativo, así como la emisión del discurso mismo se ubica en relación con esa norma. Pero el objetivo de este escrito no es ahondar en las maneras críticas que son posibles adoptar para con aquellos régimenes de verdad a los cuales no abocamos al conversar. Sobre todo, porque requeriría de un análisis exhaustivo que diversificaría el camino centrado en la narratividad del relato o el narrar en sí mismo. Pero resulta conveniente adoptar un panorama completo sobre una dimensión posible (o voz posible) sobre el relato. La transmisión que actúa en nuestra relación con ese régimen de verdad o con ese sistema normativo deriva en fundamental para la acomodación del narrador en la muestra de su relato. “La razón de ello es que el yo no tiene una historia propia que no sea también la historia de una relación con una serie de normas”, dirá Butler. Si así el autor elige la narración de una historia fantástica o de un acontecimiento real, de una leyenda o de un dato de color, exhibe los resabios de un modismo encarnado. Quiero decir, así como el sistema normativo nos interpela desde la actualidad, es notorio afirmar que nuestro tiempo (tanto discursivo como vivido) se expresa en una temporalidad otra, imposible de hacer coincidir con el tiempo de las normas que en conjunto conforman la práctica diaria. Ese tiempo excede y excederá a cualquier producción de discurso, y por ese motivo, además, es posible la producción del mismo como también la importancia de nuestro análisis. Corrijo, no creo que haga posible el relato en sí mismo, sino la posibilidad bajo el marco en el que se expresa, con las relaciones que traza, la gestualidad que acompaña, las muletillas que utilice, la consideración del chiste o de la broma que intercalo en el medio, el modo en que se utilicen las palabras, la ideación sobre un horizonte de sentido acorde, como también sobre un horizonte moral a partir de los cuales se valora de cierta manera o no lo dicho. Es la situación de enunciacion, para ponerle un nombre, la que aparece en la base de cualquier conversación iniciada, la que es sosten y tensa del relato que se llegue a evocar. En ella se imbrican las distintas voces, tanto del narrador como del oyente, como la voz proveniente de ese otro que nos inserta en un mundo simbólico y nos enseña y aprehende en relación al lenguaje, como el recorrido normativo que funciona como tierra fertil para estos crecimientos y desarrollos.
Abre a la iniciativa de interrogar, en consecuencia: ¿quién puede ser aquel que habla?, ¿todos podemos ubicarnos como narradores?
Es así como la identidad, o la cualidad de ser, bajo una perspectiva histórico-social (hasta lingüística) influye en la capacidad o posibilidad que tenga cada unx para poder comenzar un relato. La diferencia quizás radicaría en la amplitud del espacio de análisis, debido a que a medida que hacemos una abstracción de los círculos pequeños o cerrados, la validez, por llamarlo de algún modo, del relato en cuestión, se somete a un entramado de relaciones mucho más amplio. Así es como, en parte, reconozco que en la medida en que cada quien encuentre un espacio en el cual se sienta reconocido, con todo lo que eso conlleva, desviándonos de una violencia ético-ontológica unilateral (un cómo debes ser), vamos a encontrar un espacio para conseguir transmitir lo que se quisiese. De todas formas, el reconocimiento y la narratividad –o lo narrativizable– precisan en parte de la arista del reconocimiento. Es “visible” en tanto y en cuanto el deseo inserto en el relato, como el marco relacional en el que nos ubicamos, como así la memoria, las relaciones con los otros y las posibilidades del lenguaje conllevan indefectiblemente límites en su seno.
Cualquier transmisión contará como subproducto necesario una imbricación con el deseo, aliado éste al reconocimiento que aporta un otro que escucha y que respeta el tiempo de mi voz, como un deseo a sí mismo de ocupar un lugar de la escena en cuestión (deseo de estar, de decir, de recordar, de vitalizar, etc.). Por este deseo de ser-hablante es posible además encausar una apertura en donde el “yo narrativo” permanezca en movimiento constante, “se reconstituye cada vez que se lo invoca en la propia narración” como diría Butler. En base a esta apertura, es posible además la interpelación propia de uno mismo que cuenta, ser atravesado una y otra vez por la misma historia. En este sentido, retomando a Butler otra vez, dice:
«Ese “yo” se habla y se formula, y aunque parece fundar el relato que cuento, es su momento más infundado. La única historia que el “yo” no puede contar es la de su propio surgimiento como un “yo” que no sólo habla, sino que llega a dar cuenta de sí mismo […] El “yo” no puede dar cuenta definitiva o adecuada de sí mismo porque es incapaz de volver a la escena de interpelación que lo ha instaurado y de relatar todas las dimensiones retóricas de la estructura de interpelación en la cual tiene lugar ese dar cuenta de sí.»
Es cierto, siempre y cuando pensemos que en la base de un relato o de un acto narrativo ese quien habla deja algo de sí, busca dar cuenta de algo, y sea como sea, debe prescindir de muchas de esas cosas si quiere realmente hacer de eso que dice algo valioso. Mejor dicho, en pos de que sea valioso a medida que sea narrable y no eterno, claro. Pero a su vez, quizás es posible comenzar una línea de pensamiento sobre aquello no narrativizable, aquella escena de interpelación que siempre interrumpe de un modo el relato, pero modificando la línea en tanto que, si bien unx en cierta forma busca dar cuenta de sí, lo que se intenta es reproducir el relato, la performance, que quizás me tenga en cuenta, o no. Aquello no reproducible, justamente abre a la posibilidad del juego con el límite que uno se propone. Llámesele creación, desbaratar el recuerdo en pos de cierta estética; lo interesante es cómo eso entra en juego, tanto para ese comienzo no narrativizable, como también para las vivencias que uno recuerda que se tratan de recopilaciones corporales, identificables pero sin una palabra anclada, que en el relato quizás se omiten para avanzar hacia el punto cúlmine. Ahora bien, existe la posibilidad de retomar esa sensación más “sensitiva” mediante el relato y la imaginación, pero más adelante se revisará.
Volviendo a ese comienzo imposible de narrar, creo que puede entenderse la posibilidad en particular en esa repetición del mismo relato en el cuál uno, bajo todas las condiciones (o precondiciones) que venimos listando, comienza a variar o “tergiversar” la performance desplegada en el relato, u omite algunas partes o momentos, sea por olvido o contexto, pero dando lugar a la repetición de ese espacio incomunicable a la invención, a lo instintivamente lúdico.
De esta forma entramos en otra de las vertientes que configura el espacio del relato y de las narraciones, el cual se trata de la temporalidad bajo la cual se despliega, como las maniobras para perseverar ese despliegue. Para esta dimensión del relato, el apoyo desde Paul Ricoeur y Bataille. Paul Ricoeur, en La Narrativa y la experiencia del tiempo enfatiza la presencia de una intratemporalidad como una de las nociones que podrán encontrarse en el análisis heideggeriano de la experiencia de la temporalidad. Así es como en la perspectiva de un tiempo vulgar, como le llama, que no se alinea correspondientemente a la temporalidad en sí misma, se encuentra un escape, un espacio de apertura, donde se postula lo que él ubica como el tiempo de la intriga, el tiempo que da posibilidad a la aparición del proyecto. En esta línea lo que resulta destacado es la capacidad del narrador de contar con el tiempo, en la medida que se está en el tiempo.
La aproximación, adecuada a los fines de explorar en las dimensiones narrativas de la persona que cuenta una historia, retoma este “tener en cuenta” el tiempo en la medida en que se abre a la posibilidad la utilización de nuevas medidas temporales que desatienden el vuelo –siempre efusivo– de nuestra presencia en un tiempo lineal, sucedido por instantes, inasible, etc. En la medida en que la persona desarrolle el relato, a propósito de la atención que se le preste, el oyente se introducirá en esta forma de la intriga, como quien se somete a los hilos conductores de una historia que fue provista por otro. Es así como continuará deshilvanando(se), perdiéndose en el relato de aquel que habla, en donde el ensanchamiento o mejor, en donde el oído sordo al tiempo del reloj que corre, permite la amplificación de las posibilidades en que el relato discurra.
Tomo la palabra y utilizo a mi apetencia, como si fuese una medida sincrónica, la cantidad de medidas temporales y de caminos que yo pretenda para mi contar. Se trata, al parecer, de una balsa suspendida en un mar inconmovible, pero del que puedo aprovechar la herramienta de los remos. Regresando, girando, avanzando, aunque siempre a contrapelo.
El desarrollo de la intriga entonces, según Ricoeur se plasma en un entre-tiempo, desarrollándose a medida que activamente cuento una historia, produciendo la ruptura (momentánea) del tiempo lineal. En algún punto parece tratarse de un juego con la propia vida, con nuestra existencia mundana, como burlando lo inevitable, en las narraciones de algo sobre nuestro ser — sino nuestro ser mismo –.
«¿Cómo un yo, que es limitado por definición, puede ejercer la libertad, su infinitud de posibilidades? (…) Que el segmento estalle en puntos diversos, en todos los sentidos, que revele su infinito, tal sería el mandato y el deseo “para quienes ya no podían existir como ojos reventados, sino como videntes arrebatados por un sueño perturbador que no puede pertenecerles”.» – Bataille x Mattoni.
“Que estalle en puntos diversos” es el reclamo para aquel segmento finito –aunque difícil de aprehender– que es el yo. La posibilidad de establecer un “entre-tiempo”, de querer contar una historia, presenta el abanico de la infinitud de muestras de un yo, que, como ficción en sí mismo, ofrece la posibilidad de la creación de un proyecto–de-ser. Esa es la virtud de la performance, una escenografía de la cuál uno es parte, pero de la que al mismo tiempo se escinde. El sujeto que la inscriba puede bifurcar el camino de lo que quiera para la historia o para su misma vida a partir de ser atravesado por la escena, no sólo del relato, sino de la cual ese relato se cuenta. Al contar una historia, no habrá entonces simple retrospección o, en otro caso, la internalización de lo contado –en paralelo a la experiencia de contarlo–, sino una amplificación del ser a la resolución en diversas posibilidades, que pueden ser tomadas tanto para la historia como por la persona, para un sí mismo. Ricoeur habla, avanzando en su análisis de la temporalidad, de que la forma narrativa predominante en un segundo marco, el de la historicidad, es la repetición. Sin terminar de caer en la mera sucesión (y sujeción) de hechos, en la vulgaridad del tiempo que nos atrapa, podemos pensar en la cualidad de la repetición como la posibilidad de un proyecto en el cual se invierten las piezas, en el cual uno utiliza su misma memoria para alterar los hechos, para describir una historia, como también para la reanudación de una herencia que le ha sido transmitida, conformando por consiguiente la extensión de un mito, leyenda urbana o proeza arcaica.
«Nuestro proyecto es un proyecto arrojado, al cual regresamos bajo la forma de la repetición. […] Sólo un ente que, en tanto por-venir, es de manera equi-primordial en el proceso de haber-sido, puede, transmitiéndose a sí mismo la posibilidad que ha heredado, asumir su situación de ser arrojado y ser instantáneamente a su tiempo.»
Entonces bien, la narratividad que aquí se deriva de Ricoeur, la cual conlleva en sí la característica de referirse al acto mismo de contar, impide al tiempo construido “entre” virar hacia el tiempo abstracto. De otra forma, el arte de narrar «instala el relato “en” el tiempo. No siendo una manera de reflexionar sobre él, sino atrapándolo como cayendo de su peso». Así entonces, todo lo que corresponde a la actividad narrativa, construida, como dijimos, mediante la intriga, proporciona –en ese caer de su peso– la marca de una huella, de un acontecimiento que justifica la necesidad de la repetición. Así Ricoeur continúa y dice: “Para que un acontecimiento sea histórico debe ser más que una ocurrencia singular; debe definirse po su contribución al desarrollo de una intriga”. Pero al mismo tiempo quepa la necesidad de considerar que cualquier historia tiene la posibilidad intrínseca de ser contada, si adosamos a ella los factores necesarios que ya nombramos, correspondientes a la puesta en escena (si se quiere) de tal historia. Entonces, acordamos en la necesidad del desarrollo de una intriga, siempre y cuando comprendamos que no puede haber desarrollo de una intriga desde el acontecimiento en sí mismo, ya que sólo posteriormente éste se rectifica como tal, se hace posible diferenciar del tiempo abstracto en el cuál, primariamente, aconteció. Así en el desarrollo de ese texto, Ricoeur retoma una y otra vez a Heidegger, ahora con la importancia puesta en el presente de la preocupación.
Para ahondar en esta dimensión narrativa, corresponde intercalar a la idea de la preocupación la idea de la espera y la retención. Vulgarmente, se podría interpretar ambos términos como consecuentes; en la espera, implícitamente podemos dimensionar sobre algo que esa espera retiene: aquello que aún no ha de hacerse presente, sino por venir. De forma similar función a la inversa: en la retención, sea cual fuere, uno retiene lo que por fuerza habrá de escaparse. Se retiene aquello que de una u otro manera busca abrirse paso entre la retención para expresarse. Esta retención, queda a la espera de soportar la presión que en algún momento deja de soportarse, que tiene punto final. Ahora, retomando el análisis del acto de contar y la narratividad así expuesta, se hace bastante claro el paralelismo de esta articulación. En esa voz primera que da comienzo al relato, que cuenta con el tiempo –como dijimos–, abre en la posibilidad de su decir la articulación de la lengua en el desarrollo de una intriga; pero, a su vez, este desarrollo de la intriga, en tanto utilización del tiempo, apertura sincrónica de la secuencia temporal voraz a la que todo ser sucumbe, precisa de una manipulación, una intervención al ritmo en que la escena lo permita. Cuando digo la “escena”, me refiero a ese marco el cual comprende aquellos integrantes, visibles e invisibles, que pertenecen a la narrativa en cuestión. Es en (o desde) la intervención en el relato que se hace pasible el desarrollo de esta intriga, que se hace laxo el despliegue de lo que fuese a relatarse. Por esta razón, como emplea Ricoeur, Heidegger interpreta el “decir ahora” como ese “hacer presente” que la preocupación privilegia (la manutención de los propios hilos trazados del relato), incluyendo a ésta la espera que, al mismo tiempo, el tiempo retiene. Es aquella secuencia lineal la que retiene, a la que hace esperar, mientras el orador hace su exposición. Aborda al espectador que aguarda pacientemente a que el relato termine; disimula la continuación de una vida; introduce una nueva secuencia que, como sucede con la masa, permite manipularla, reversionarla, mutarla. Se hace merecer como uno de esos momentos que, mientras el autor “se encarniza en poseer el mundo fugitivo de imágenes que expresa (…), retiene una anticipación de la muerte que se traslada al objeto sagrado”, como recopila Mattoni de textos de Bataille. El objeto sagrado, sacrificado a su vez, repitiéndose ahora en un espacio tercerizado hasta que aquellos oyentes deriven en otro camino, es, por supuesto, el relato mismo.
Es necesario no solapar ni interpretar de manera homóloga las ideas de preocupación e intriga. Ésta última se precisa para encarnar (y remarcar) la noción del acontecimiento, procurar volver a él, revisitarlo, aunque sea una ficción, para lograr convertirlo en vigente. En el desarrollo de la intriga, a su vez, se actualiza una dialéctica entre aquello que se quiere decir y aquello que se utiliza para articularlo; a partir de ella es posible comprender y contar una historia. Mientras que, por otro lado, la preocupación remite estrictamente a la acción hablada, discursiva, en la que el relato se inscribe. Conforma el relato en el tiempo, enraizándolo mediante la intervención del orador, “se orienta en las circunstancias creadas (o no) y despliega consecuencias que no ha querido (o si)”. Mediante la intervención, se hace convertible el relato, hasta el cese de su historia; acción sin la cual la preocupación que remite a la espera y la retención se disuelve y nunca se “arranca” del tiempo entendido como vulgar.
De esta manera es como podemos remitirnos, en la cotidianeidad, a los personajes que no logran llevar a cabo de la mejor manera una historia, alentando al desarrollo de una intriga, perdiéndose ellos en el quehacer con el tiempo que en sus manos adquirieron. En la recopilación y transmisión del acontecimiento, no logran controlar las aristas que de él proliferan –ya que un acontecimiento es posible de resignificar y deconstruir asiduamente–. A su vez, en el umbral de la medida del tiempo y a consonancia de esto último, podemos meramente nombrar la posibilidad de una preocupación exenta de espera y de retención, que no logra abstraerse de la secuencia lineal de sucesos en el cual su vida transcurre, que no se somete al desarrollo de esa intriga por parte del autor y que se sofoca en la detención.
Entramando una de las últimas consideraciones sobre esta(s) temática(s), cabe poner en primer plano al oyente, retomando quizás uno de los aspectos trabajados de antemano: el marco normativo en el que se ubica, el espacio de su posibilidad como sujeto, siendo la dimensión de la escucha, de la pasividad, un espacio de, como dijimos, detención, espera, paciencia: despojo, arrojo a lo incontrolable. En esta línea, así como incluimos dentro del texto la dimensión de fondo de todo acto de narrar, la situación de enunciación, el marco normativo que influye sobre el hablante y demás, también debemos considerar que el objetivo de un relato contado es que pueda ser comprendido, entendido; que no resulte en un sinsentido para aquellos que se dirige. En esta comprensión, la figura del oyente una y otra vez no cesa de reaparecer, como ancla de ese relato, como otro interventor en el desarrollo del mismo. Así como el orador interviene sobre su mismo relato a fin de hacerse oír con claridad, si se quiere, el oyente aparece como una rama de realidad que demanda la necesidad de que eso se termine de oír, de entender, de bajar a tierra de una forma amable. El oyente, en la mejor versión de la escena, demandará que la historia se desarrolle, que se explore, que alcance su pico y que cierre el círculo en un circuito coherente. De esta manera convendrá para él introducirse para obtener más palabras, o para obtener un detenimiento y una reanudación, alguna transformación o repetición del mismo. Ahora bien, la disyuntiva con la coherencia del mismo relato, entra en piso endeble a medida que sale de la boca e ingresa en el espacio público. La situación de enunciación del escuchante es interesante ahora que recoge aquello que oye de un lugar público, para acogerlo y adquirirlo a la manera en que pueda. Por supuesto está la condición del querer tomarlo, pero utilizo puede ya que así como conveníamos sobre la situación de enunciación que acarrea o arrastra el narrador hasta su oratoria, es necesario incluir esa misma configuración al oyente que, sin lugar a dudas, pertenece a ese mismo marco normativo. Pero éste, al tener su correspondiente herencia, atada, despojada, pero singular con respecto a cualquier otra persona, nos impulsa en la interrogante sobre cómo toma aquello que escucha. En este sentido aparecen no sólo las diversas prácticas discursivas (entendidas en este caso como “los modos de uso” de las palabras y frases), sino también la articulación de aquello que escucha en una valoración moral, si se quiere, así como una valoración de posibilidad, de lo que es posible que suceda en una historia como no, lo cual extiende la dimensión comprensiva en la escena, así como la dimensión experiencial que el sujeto-escuchante pone en juego al narrador (quizás, incluso, poniéndolo en jaque constantemente). El narrador, por consiguiente, se aparece como un interlocutor que no se despliega por sí solo, a su manera y a su parecer. Ese segundo, que lo “acosa” con su oído, parece ser el que conjuntamente va allanando el camino para el sembrado de la historia. En este sentido, el oyente no resulta ser pasivo, sino más activo de lo que a primera vista puede parecer. Incita con su mirada, con sus preguntas, etc. Al mismo tiempo se puede considerar que, al ser el ancla del discurso de ese otro, racionaliza lo dicho en una secuencia, por lo menos, episódica. Con esto hago referencia a la coherencia intrínseca del relato, en tanto que el narrador, esculpiendo su obra en el aire, puede atravesar desvaríos o enroscarse en partes de la historia que, para el escuchante partícipe y discreto, que no puede terminar de abrochar ese sentido a la historia que él no creo ni vivió, hacen al famoso “irse por las ramas” que, a través de que éste oyente interceda, vaya unificando los episodios del relato para encontrarle el sentido. Los interlocutores construyen la historia a medida de su progreso, al parecer; el narrador al mismo tiempo que desea contar algo, es despojado de su narración a medida que la cuenta; el otro interlocutor, usurpa, se entromete en la edificación del relato con sus artimañas para ayudar a la verosimilitud; el narrador despojado juega a dos voces con su propia historia, perdiéndose entre la pasión y la demanda pero rectificandose a medida que narra, a medida que asimila la configuración y las intervenciones de los agentes externos que en esa escena pertenecen. No son todos, claro está, ya que mucho de ello acontece bajo otros mecanismos, invisibles o constitutivos, pero que hacen a la presencia y la personalidad del narrador en su historia.
Pienso entonces en aquel narrador del principio. Ese amigo, parte historiador, parte fantástico, parte nómade y parte sofista, que narra y que no erra, sino que resulta “hecho para eso”. Bajo tanta habilidad, ¿cuántos límites ante sí encuentra?, ¿ha logrado asimilarlos todos en su propia confección?, ¿es eso posible?, ¿cuántas más capas recubren a su personaje y al “héroe” de su historia?, ¿qué tanto de este análisis así dispuesto en aquel se despliega?
DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO
«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino es la condición de movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»
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