Notas de una carta y una lente

Ensayo

Juan Pistone
25/07/23

«La posibilidad de un mensaje sin destinatario es la esperanza de un verdadero anonimato.

Pero bien, ¿no está implícito ya en el mensaje el lugar de arribo? ¿Acaso podría concebirse una escritura de espaldas al horizonte de lo que es y no es posible decir, gritar o callar en una lengua? A pesar de toda pretensión faceless, un mensaje siempre llegará a destino porque es la lengua el lugar necesario al que este no deja de arribar.»

Franco Laborde

I

Alguien escribe una carta sentado frente al escritorio, con su cuerpo encorvado sobre el papel. La mano que sostiene la lapicera gravita sobre su pulso.

Comienza con la prosa en su figura más desnuda: el trazo. El anecdotario breve se subordina a frases sentenciosas, a alguna que otra pregunta al vuelo. Enfatiza la figura del remitente, la de aquél que quiere darse a conocer: enmarca una imagen, textualiza un deseo.

*

Quien escribió tendrá que tener fe de que su firma llegará a destino y, con ella, la muestra de sí, aquello por develarse. La confianza se juega al dirigirla a un paradero que oscila entre lo incierto y el sentido de una dirección. La confianza se verá nulificada al momento de la plena transparencia, dice Byung-Chul Han1, en tanto esta refiere a cuánto es posible ver y saber del otro, qué tanto de él se muestra. Esto se conjuga con la honestidad soportada en lo visible –lo efectivamente visible, según Han-, sin ser la palabra su soporte.

*

El diálogo usa de apoyatura la convicción de la palabra que se evoca. La instrumentalización de un engaño resuena como un eco de algo que es siempre posible. La honestidad se pone en juego en el intercambio, sin detenerse a reclamar verificación alguna. Se asemeja, en este sentido, a la convicción de una lectura. 

La carta se dirige contaminada por el recuerdo y la emoción de quien la escribió. Es un interlocutor entregado al medio escrito, tanto también a la manipulación y aprehensión que el otro disponga para él.

Es tentador pensar que el destinatario despertará de un estado de ensueño cuando la carta arribe: una interrupción novedosa, un timbre, un papel que se desliza por debajo de la puerta. Ahí hay secreto2, la potencia de una palabra contenida, un llamado para que el otro mire. 

La permanencia en la espera de alguna noticia hace que en el emisario repose en una duda: la recepción de lo suyo: la posibilidad del desvío: la ausencia del destinatario deseado: la intervención imprevista de manos ajenas.

Este tipo de diálogo permite la escenificación y la develación de un otro difícil de aprehender. Aloja, incluso en la caligrafía, su condición de inescrutable, lo que sólo se muestra mediante los escorzos que se leen. No le es posible afirmar con precisión su casa, su espacio o sus hábitos; sus obsesiones, ansiedades o arrebatos; su manera de mover el cuerpo, la cadencia, el tono de la voz o la gestualidad del rostro. Se trata de una lectura que, por momentos, perfila la búsqueda por la sombra de otro lugar, atraer a esta última para hacerla aparecer como cuerpo vivo.

Alguien en tránsito, o tal vez parado, acostado, sentado; alguien en el colectivo, en la calle o en la salida de un cine; mientras conversa en un café o en un bar; alguien con el celular en la mano, escribe con sus dedos.

El mensaje se muestra en un formato límpido donde los espacios entre palabras son equivalentes (un interlineado geométrico). Sin la firma de este emisor, la voz detrás del texto sería indistinguible. Los estados singulares que se retratan en la densidad de la tinta sobre el papel se neutralizan, aparecen sin relieve bajo una letra estandarizada: Arial. 

La modalidad del otro se abstiene de todo contacto, el encuentro acontece bajo la lógica del espejo. No se conoce el silencio ni el devaneo3 de la persona con quien se intenta hablar. Se conforma un tipo de clave: la interacción como algo estrictamente al paso.

La distancia -antes retratada con su gesto nostálgico- se vuelve una ilusoria sensación de terreno cubierto. El formato acostumbra a una estética que deja sin la posibilidad de dibujar, desde la letra, la figura de un cuerpo cercano al encuentro

Los interlocutores se acomodan en la burbuja de una pantalla, en el anuncio de un mensaje por enviar que reduce la imprevisibilidad.

El mensaje puede sostenerse en una conversación interminable, sin punto final, donde el gesto preciso de la despedida se diluye en un papel inacabable.

*

Aparece la figura del silencio como ausencia de tipeo. Un interlocutor suspende su lugar y deja a la ausencia como significante. 

Un significante neutro puede tomar una variedad de direcciones, así es el diálogo con un espejo. Si no es así, ¿cómo se da la incertidumbre? 

La unión virtual entre los interlocutores está atravesada por una forma ininterrumpida de mostrarse-expresarse alrededor de la red que, en su dinámica, ubica a la conversación como un arista de ella. Esta localización confunde, dentro del mismo espacio, la esfera íntima y la privada. Las intermitencias adquieren un sentido mediante el contraste presencia-ausencia, es decir, las ubicaciones de cada interlocutor. La ausencia es en la red de uniones virtuales, la elección de no presentarse a la mirada del otro interlocutor mientras este se desenvuelve en un contexto donde él es visible. 

*

La hiperconectividad persuade con la posibilidad de lo asequible a partir de acortar la distancia, mientras que esta se confecciona a partir de una mirada que se posa sobre otra. Una mirada intencionada, viva, con un reflejo sobre aquel que la interpela. Se juega la distancia en otro registro, cuerpo a cuerpo, donde se excede a lo calculable en longitudes.

Allí es necesario idear otra concepción de distancia.

II

Alguien reúne a compañeros y familiares en su hogar para mostrarles, mediante fotografías, los recuerdos de un viaje.

La reunión, como un ritual, se da en el salón del hogar donde se lleva a cabo la muestra.

Un público se reúne para ver una secuencia de fotografías que trazan el recorrido, las curiosidades y las obsesiones implícitas de un portavoz que ha pisado el lugar de la fotografía. El relato revitaliza y actualiza la escena de la imagen. Extractos de un periplo que encarna las detenciones y el entramado emocional donde el autor de la fotografía se implica. 

Su mirada se vuelve hacia los presentes mientras -como un recuerdo actuante en el cuerpo- subsiste temporalmente la impresión de aquello que la imagen retrata.

*

Subsiste allí una compañía discursiva, un juego entre interlocutores desorientados e imaginativos. El viajero interpelado por el viaje que retoma aquel extracto de la fotografía no sólo visita al recuerdo, sino que embarca a su público como contempladores de la ajenidad de una experiencia. Estos, en calidad de audiencia, son sustraídos a la función de personajes en un relato guiado por el portavoz que ofrece, como referencia primera, la extrañeza de otra tierra que él ha visitado.

Es como aquella voz que de niñx relata el mundo, que lo descubre, lo describe y lo romantiza. Incita al oyente a dirigirse sobre él.

La fotografía y el autorretrato: la aparición de todas partes en todas partes, inmersos en una red. El lugar de un mundo que se presta a la posibilidad de actualizar y repetir la fotografía.

Por un lado, un fotógrafo desea, a su modo, formar parte  de la foto solo que sin aparecer. Por el otro, el fotógrafo de sí, el autor-retratista, trabaja en ambas partes del marco. Encuadra y certifica, se encuadra y posiciona desde el mejor ángulo.

*

El rostro como lugar donde se expone la extranjería ante un otro, que obtiene su culto en la medida que siempre se está dando a conocer, se sustrae al inmovilizarse en una de sus expresiones. Como objeto estático, no da lugar para lo imprevisible de ese rostro, agota su extrañeza en la presentación bajo una única pose. 

Diverge de lo asimilable en su continencia de vacío.

En cambio, el rostro que se acerca en carne y hueso, el que se puede acariciar, contiene en esa actividad ininterrumpida la incapacidad para esconderse. No se revela de algún modo sin mostrar un rasgo erótico, la precisión de un secreto a la distancia del espectador. Sustrae una de sus manifestaciones, pero para mostrar detrás de ello la precisión de otra mueca, la seducción como mera seducción que asegura la intriga, la posibilidad y la contingencia.

El culto es hacia ese rostro que no se repite, que contiene en sí esa exposición desmesurada. No se circunscribe a los estándares de un valor expositivo, la operatividad de una dirección elegida, practicable y definida, en el que el rostro se exhibe de forma similar a los usos que hacen de él alrededor de la red.

¿Dónde queda la mueca de un rostro siempre por descifrar?

*

Lo que puede adosarse a la fotografía: la descripción o el comentario, la música de fondo y la locación, resulta en un retraimiento del misterio que posibilita el desarrollo de una historia. Ya está contada, completa y reproducible las veces que se desee.

La fotografía permanece quieta a la presencia de quien la mire, en el flujo de la información, el relevo de otras imágenes junto a su relato estancado, sin ser más que una intriga que aparece y se trunca, con un recorrido que se despliega y se superpone a sí mismo, una y otra vez, empantanado en la impresión de una fotografía tras otra. Una distancia que se figura sobre un marco accesible, que permite analizar o pre posicionarse en la interacción con lo contingente.

La reunión de la muestra de fotografías subsiste en este desborde que opaca el margen donde las intervenciones de un otro, en una compañía discursiva, construyen una narrativa alrededor de la fotografía. 


Notas al pie

1 –  Byung-Chul Han, Capitalismo y Pulsión de Muerte.
2 – Jacques Derrida, Pasiones.
3 – Franco Laborde, Expedidos a devanear, Revista Destinerrance.

Fotografía

Isocalas_

DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO

«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino es la condición de movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»