
Correspondencia
Franco Laborde y Juan PIstone
24/02/24
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21/12 — Bordeaux
Juan, mon ami,
La noche antes de viajar soñé que un diluvio asolaba a la noche y mi departamento era el lugar del temporal. Camino al aeropuerto el auto tuvo que esquivar las ramas que dejó la tormenta.
Cargué la maleta con diez libros, el frío me lo recuerda todo el tiempo, no quedó lugar para ropa de abrigo, ropa holgada y de lana, ropa para hacerle frente al invierno —invierno sombrío el de los últimos días—. Ando en el continente con las mismas tres prendas, son oscuras, livianas y muy suaves, pero no me resguardan para nada. Te imagino con las mejillas coloradas del frío, me dijeron. La piel es lo más profundo que tenemos.
De esos libros sólo he usado la mitad, claro; leo, esto y aquello, rápido y mal. Leo sobre otros, leo diarios y biografías; el siglo veinte europeo, la década del cuarenta, del sesenta, el oficio del escritor, del filósofo, del profesor. Creo que la confección de una biografía es algo imposible —no es algo que podría demostrar ahora—, pero sí puedo decirte que el esfuerzo por hablar de una vida lleva a que esta en una andanada, en un literaturismo, exponga discreta el eco de sus repeticiones. Tal vez la empresa trunca de escribir una biografía deja como residuo esto mismo: repeticiones, es decir, el estilo de las insistencias a lo largo de una vida.
A título propio defino a la repetición como el estilo de la insistencia, alejando la palabra de cualquier psicología o sociología cansina, para sólo conmovernos dentro de los márgenes de lo que la escritura no deja de hacer.
Foucault repetía, de distintas maneras, su posición frente al comunismo —acercamientos, evitaciones, reversos. A punto tal que mi sensación es que, hacia el final, su ética fue la de un comunismo débil, un comunismo antojadizo, un comunismo por venir. Y mientras tengo este pensamiento, con su Diario entre mis manos, no puedo evitar volver a otra vida, la de Kafka, el mejor de todos, y al uso que Mark Fischer y otros hicieron de lo kafkiano —adjetivo que escribo con vergüenza— al diagnosticar lo que la derrota del comunismo dejó.
¿Qué queda hoy del comunismo?
¿En qué sentido se puede entender la autoproclamación de Foucault que dice “fui un marxista nietzscheano”?
Cuando digo comunismo débil me refiero nada más que a la veta de su presencia venidera. Sin su tradición ni sus orgullosas instituciones. Sin la historia de las revoluciones ni sus escaramuzas. Sin, sobre todo, su derrota. ¿Es posible hacer este paréntesis? Yo creo que no, pero la escritura que guarda no pocos artificios, es más vieja que el viejo continente. El escritor no inventa la ideología, la encuentra ya hecha. Y como estoy seguro de que citar o subrayar un libro es una forma de escritura, los artificios también se extienden a la lectura.
Leer autores que evitan la nostalgia comunista con textos que no requieren justificar la herencia recibida, que evocan desde la levedad que les dio el haber renunciado a ella, y, reconocer, en los lectores, a aquellos que no cayeron en la premura de ser marxistas confesos, cuando comunismo era la palabra que los convocaba como un ensueño como una promesa como el atrincheramiento en el único baluarte imaginariamente en pie; ver aún, en todos estos, la presencia de un comunismo venidero —presencia, insisto, siempre antojadiza.
Por venir, porvenir; el castellano permite el mismo juego en francés. El comunismo es aquello que se halla en el porvenir y que encuentra su agenciamiento en la escritura presente que escribe de lo por venir. La escritura que trabaja desde los márgenes es la que más lejos está del amparo de la tradición y su providencia—de ahí que la presencia del comunismo sea antojadiza, al igual que el devenir de un instante abierto. La escritura, entonces, es una práctica comunista, ni necesariamente marxista ni peyorativamente utópica.
¿Qué queda hoy del comunismo? Tal vez un sueño, pero a la manera en la que lo entendía Kafka: un sueño que comienza cuando termina la noche y su familiaridad diáfana. (Verás que aquí hay una comprensión del sueño diferente a la de Freud).
Dejo acá, a las cinco oscurece, apenas veo las teclas. Carmelo se durmió durante un paseo; una hora después, todavía duerme.
23/12 — Buenos Aires
Franco, querido,
Para no caer en la nostalgia de lo que fue una promesa, pienso en la necesidad de un último atrincheramiento, que si no la posibilidad de una verdad, al menos sea una vara que ubique el lugar donde se representa algo mejor.
Aun así, no logro confiar en ese estilo de autoproclamación, pero de alguna manera creo que se comienza a pensar. Ahora, la trinchera debe ser en el esqueleto de la tradición, aun si es la oposición a un sistema general, aun cuando las prácticas se ocupen en el por venir. Lo más interesante es que creo que esas prácticas se pueden ubicar en el lugar de las amistades, donde se configura el espacio de lo íntimo —los veranos en Sils-Maria de Nietzsche—, y luego en el espacio de construir un futuro posible con el otro. Desde ahí, infestar la potencia de los colectivos.
Hace poco encontré lo siguiente en el libro de Diego (Sztulwark): «Reunir fuerzas es algo distinto a consensuar opiniones. La amistad remite a la forma de vida y a una comprensión no culturista de la hegemonía (…) la amistad está en la base del diseño de estrategias en el marco de una afectividad no-neoliberal, en la que lo colectivo no emerge como asociación de individuos, sino como proceso de individuación alternativo al neoliberal.»
Increíble que el día que viajaste asestó una tormenta terrible que después sobrevino en la movilización en las calles. Se vive un clima particular y la creatividad de la gente afloró. No sé responder sobre qué queda hoy del comunismo, pero algo se vio conmovido y es indicio que en la trinchera se estuvo gestando algo. Es una oportunidad para que se cobije desde el oído.
Por otra parte, me interesa mucho el carácter de insistencia que mencionas. Lo veo reflejado cada vez que visito nuevamente algo que escribí: en las palabras que reciclo y en los pesares que relato.
Supongo que cada quién conoce la razón que hace a su diario, pero me pregunto si las entradas conservan, cada una a su modo, una nostalgia que funciona como nexo de aquella insistencia. En lo personal, me interesa mucho la relación entre el nombre propio y la confección de un diario, tampoco puedo demostrarlo ahora, pero me animo a decir que una instancia no comprende a la otra: algún indicio me lo provee el diario de Piglia.
Dicho esto, concuerdo en la imposibilidad de una biografía como proyecto acabado, por esa razón prefiero los diarios. Cuentan con el estilo que infesta la mirada en lo cotidiano, le otorga una narrativa –como una voz en la cabeza– a situaciones que suceden al margen, algunas sumamente anodinas.
Sobre los libros, debo admitir que me reí. Es extraño que, aunque por retirarnos una semana al extranjero, supongamos que el tiempo de algún modo se suspende; no sé si es así en este caso, quizás me equivoco, y lo que se debe suponer es una incertidumbre al arribar, lo cual no da certezas sobre lo que nos conviene para resguardarnos. Ahora bien, el abrigo es necesario y me es imposible no imaginarte con las mejillas coloradas del frío.
Por demás, me alegro mucho que hayas conocido a tu sobrino.
Te mando un abrazo enorme.
*
01/02 — Calafate
Franco, amigo,
Como ya sabes: estoy en el sur. El viaje fue muy tranquilo, aunque no pude dormir casi nada, sólo tres horas. Por lo demás, el día no lo desperdicie, caminé bastante y recién me detengo a escribir.
Ahora lo estoy haciendo en papel para luego pasarlo en limpio y enviarlo. No la tengo fácil, estoy frente al Lago Argentino, en la playita al otro lado de la reserva ecológica y hay mucho viento. Las hojas se pasan solas y la yerba del mate se vuela. Lo mantengo activo para calentarme. Intento atajar todo sin perder el hilo de lo que pienso.
Sólo con unas horas acá reafirmo la necesidad de salir de Buenos Aires y del bullicio constante, de las oleadas inagotables de información a velocidades que no pueden sino alterarme. Más aún ahora con los acontecimientos que se están dando y tratando los últimos días. La situación está tan caldeada como hace mucho no lo percibía, si es que alguna vez estuve en posición de sentir algo semejante. Estar lejos de esa movilización latente me incómoda, más sabiendo que puede sufrir una escalada. Fue muy justo el timing de mi partida y el comienzo del quilombo en la plaza. De todas formas, la agitación y la sensación que me provoca me devuelve a la razón de otorgarme un respiro.
Cargo con unos pocos libros y mi cuaderno; tomo está situación para recuperar una práctica conmigo mismo, encauzar una palabra propia que se dilató con el tiempo; tomar distancia y establecer una dinámica que salga, aunque sea por un momento, de la itinerancia. ¿De qué manera si no leer con mejores ojos los problemas? ¿No hay algo de esa repetición en el discurso contra el poder que ahora impera?
Si el problema no deja de ser el mismo, entonces nuestro trabajo sería la lectura y no retomar por retomar los hechos fortuitos de cierta tradición. Es mi caso que con este viaje no espero cambiar mi vida, tampoco sé si eso quiero, pero sí bien revisar, aunque sea lo más mínimo, lo referido a mis disposiciones; construir, no algo tan trabajoso como una ética —eso vendrá con el tiempo—, en cambio un espacio de precomprensión: con qué nociones trato, con cuáles me movilizó y qué otras me paralizan. Solo así supongo el comienzo de una conmoción mínima de mi posición subjetiva.
Me parece que el problema que tengo no está sujeto a una complejidad teórica o intelectual, sino más bien a una cuestión intuitiva, en tanto que no señalo nada nuevo a lo que ya otros señalan o señalaron de mejor manera. Pero sí estoy seguro de que esta presencia sobre lo intuitivo devendrá luego en una teorización sobre el presente. La emergencia parece precisar, en mi opinión, actores vanguardistas.
No lo sé, pienso en este sentido el rescate de la noción de diagrama hecha por Deleuze a respecto de Foucault, que luego retoma en su trabajo sobre la pintura. Esa que nos comentó Diego hace un tiempo: una noción que aparece sólo una vez en Foucault como diagrama de poder y que él eleva como la más importante en su obra.
Quizás la imposibilidad de una acción constante y diferenciada se deba a la emergencia del contexto, el estado de contratiempo, o quizás ya existen estos vanguardistas y yo los desconozco.
04/01 — El Chaltén
Franco, querido,
Perdón, no me alcanzó la hoja para seguir y tuve que irme. De todas formas, continué con la idea dando vueltas en mí cabeza.
Lo que creo que hace falta es hacer bajar a tierra está cuestión que recibimos como un mejunje de pasiones y discursos y caos efectivo tanto papel como en las calles. Se precisa claridad y locución en las ideas que tenemos, pero es posible reconocer que en ese terreno hemos podido mover apenas el avispero. En otras palabras, que aquello que percibimos en la sintonía del éxtasis —así como se ubica normalmente con respecto a la música, la sensualidad o la irracionalidad— no quede sólo en la explicación de una potencia impersonal, dionisiaca o inconmensurable más allá del discurso: inenarrable (palabra que sé que aprecias). Si mal no recuerdo (y sin los libros es probable que no sea preciso), Pascal Quignard lo trabaja en la tensión entre auto, idem e ipse, para arribar al superlativo ipsimus. En fin, no lo tengo tan fresco.
Por ejemplo, acá en el sur estuve y estoy contemplando la belleza de un conjunto de paisajes amalgamados: la llanura, la montaña, el bosque, la nieve, el arroyo y la laguna, todo disponible en un simple direccionamiento de la vista. Atraerte hacia lo que de este paisaje me conmueve y que tanto necesitaba, requeriría pasarme escribiendo de forma ordenada lo que sucede en el revoltijo de esta forma de lo sublime. Atinaría a describir con paciencia lo que hay en mi paisaje: cómo el agua del lago es de un celeste tan distinguido como el de un niñx muy pequeñx al que aún el color de los ojos celestes no se le ha asentado, o cómo la quebrada que observo en el recorrido por el bosque conserva en parte la graduación de colores que también habita en el norte: naranjas, amarillos y rojos áridos, todos combinados entre sí (algo así como una continuidad de nuestro suelo). Aún así, aquello que te describo creo que no alcanza a hacer transmisible esta experiencia, en tanto que la imagen que me interpela es la del paisaje completo, justo ahí donde se cruzan los biomas. Hace falta un esfuerzo para hacerlo, para superar esa narrativa descriptiva hacia la construcción de un concepto, recuperar la noción de diagrama como lo hizo Deleuze, componerlo. Más o menos hacia ahí quería dirigir el problema hace unos días.
En fin, creo que el punto de la idea es posible que lo aprehendas. Hace poco estuviste dándole vueltas a este tema de algún modo, si mal no recuerdo.
Mientras tanto, espero que estés bien. Me estoy yendo hacia Chorrillo del Salto, acá en El Chaltén.
PD: Me hice unas compañeras de viaje tanas. Me urge empezar a aprender el idioma, estoy obsesionado.
PD2: De paso, te adjunto una foto frente al lago para alejarte un poco del cemento, espero que conserve la nitidez con la que lo aprecié.
¡Te mando un abrazo enorme!

9/2 — Buenos Aires
Juan,
Deberías empezar italiano, estoy de acuerdo.
Esas voces de allí atrás, las de tus nuevas amigas italianas, parecen el bullicio alegre de los bares de las películas de Fellini, cuando las bicicletas aún se amontonan en la puerta como en una novela de Paolo, mientras el mar y los más jóvenes dan besos salerosos a días de que los fascistas de mierda crucen el campo desde la capital y traigan con ellos la nieve.
Estas últimas semanas han sido muy desorientadoras. Voy a compartirte la más sublime de mis preocupaciones —y en la lectura seguro reconozcas, escondidas, otras tantas.
No me gusta cuando hablan mal de la poesía.
Alguna vez cené con alguien que es poeta y que estaba a punto de publicar su primer libro. Era la primera vez que hablábamos. Conversamos por algunas horas sobre el estado de cosas en la literatura. Fue un instante bello, aunque esa noche no hice más que discrepar. Transmití mis sospechas sobre todos los escritores y concursos y festivales en donde entendía que la pulsión no era otra que la de hacer catarsis y compartir con misteriosa lealtad la ficción de ser uno mismo.
Los libros me escucharon en silencio. Yo mismo no creía en una gran parte de lo que estaba diciendo. Un tiempo después, esa persona me vio leyendo y compartiendo poesía. Me preguntó que a dónde había quedado mi desconfianza de aquella vez. Nunca existió, le contesté, esa noche lo importante era discutir y encantar. La única vez que hablé mal de la poesía fue para ver la noche desde un despeñadero.
Estoy escribiendo una nota sobre Barthes para intentar hacer las paces con él. Elegí de epígrafe un verso de Paul Celan que encontré en la novela de otro escritor. El verso está en alemán y es precioso, pero no quisiera escribirlo acá. La situación en la novela es la siguiente. El protagonista viaja a Italia con su amado para compartir un último momento antes de que este se despida sin dar fecha de regreso. Sólo han pasado juntos algunas semanas de julio —cada verano tiene su propio verano. Al entrar a una librería, el protagonista compra dos ejemplares del mismo libro. Escribe unas líneas en la primera hoja de uno de ellos: la primera es el verso en alemán, a la que le siguen unas palabras en inglés.
En la dedicatoria se lee: Zwischen Immer und Nie. Por ti en silencio, en algún lugar de Italia, a mediados de los ochenta. Tardé un tiempo en descubrir a qué poema pertenecía ese verso. El nombre del poeta no aparece en toda la novela ni se hace mención a ningún otro de sus poemas. Lo curioso es que no hay razón para que el protagonista recuerde cuatro palabras de un poema alemán. Me gusta pensar que la dedicatoria esconde el deseo caprichoso del autor de la novela. Quizás el verso va dirigido a su padre o a su compañera. Quizás a él mismo. O quizás es sólo un despiste y yo no hice más que querer caer en él.
Esas son algunas de las cosas en las que pensaba cuando entré a esta iglesia. Me gustan estos lugares, son fríos en verano, huelen a madera y a piedra y a techos altos. Basta con venir unas cuantas veces para ya reconocer las caras y que las caras lo reconozcan a uno. Podría murmurar con acento andaluz Verde que te quiero verde y mi voz subiría hasta los techos de piedra sin que nadie se pregunte por el verde ni por cómo llegué a querer a un color.
¿Qué pensará de la poesía ese muchacho de mi edad?
Si estuviéramos dispuestos a ceder por un momento ante la idea de que Dios es un poeta y que en las páginas de la biblia se hallan sus poemas, se nos haría evidente lo mal pensada que estaba la porfía de aquél dilema entre el arte y lo político: el problema nunca fue separar al autor de su obra —¡esos dos dejaron hace tiempo de ser uno!—, sino el volver a juntarlos.
Dios no es un poeta, la poesía está a salvo en algún sitio recóndito (Aquiles se desviste y duerme junto a sus amigos varones en el barco de los mirmidones, huye de la guerra y de la vista de los dioses). Pero no creo que sea baladí preguntarse por cuál es el lugar de los dioses, así como tampoco lo es buscar garantía cuando nos encontramos a tientas frente al absoluto o a uno de sus tantos despeñaderos. A quién dirigirse frente al deseo. A quién frente al amor. Los despeñaderos de nuestra especie agitan el pensamiento, la metafísica tiembla cuando son las pasiones las que le devuelven la mirada.
No me gusta cuando hablan mal de la poesía aunque jamás haya escuchado a alguien hacerlo. Debería intentar oír la cantinela de los griegos, sospecho que tal vez ellos cometieron esa imprudencia, no quisieron admitir que la poesía tiene sus propias musas: ni el amor ni el sueño afiebrado ni el mensajero divino a la mitad de la noche. Si las lenguas se crearon a sí mismas, ¿no podríamos decir lo mismo de la poesía? Se sabe que para no olvidar las cosas, estas se tienen que escribir en verso.
Tan cerca como ayer miraba algunos cuadernos viejos, en uno de ellos terminé un poema con este verso pienso en cosas / que no le diría a nadie ¿Qué era aquello que pensaba que debía mantener en secreto? Es probable que nada, sólo que el poema debía terminar y sugirió que lo hiciera de esa manera. Primero fue el verbo, después vendrían los secretos.
El fuego arrecia en el sur, hay incendios, ¿te habrás cruzado algunas cenizas o visto humo a lo lejos? Escribir esta carta con remitente hacia el Sur me hizo recordar que debería hablarle a Flor y preguntarle por sus cosas en El Bolsón.
Un abrazo, caro amico.
Postales:
Bordeaux


El Chaltén


DESTINERRANCE: REVISTA DE ENSAYO
«La posibilidad que tiene un gesto de no llegar nunca a su destino es la condición de movimiento del deseo que, de otro modo, moriría de antemano.»
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